
Él no teme al fuego; lo provoca. Lo llaman El Niño Loco porque donde pisa, reina el caos. Ríe cuando todos corren, baila entre las llamas, y su comida lleva su misma locura. Pollo crujiente, prensado y envuelto en hotdog bun, con papa fritas y una salsa secreta que parece inofensiva... hasta que llega el golpe de picante. Un ardor salvaje, irresistible, que hace llorar y sonreír al mismo tiempo. Es el sabor de la locura: ardiente, impredecible y peligrosamente delicioso.